A nuestro cerebro le encantan las historias

Uno de los cometidos de nuestro cerebro es el de procesar los impulsos que le mandan los sentidos. Cuanto más sentidos estén involucrados en la recepción de un mensaje, mayor será la predisposición de nuestro cerebro para procesar dichas informaciones. Cuando usamos el lenguaje de imágenes que impresionen y unimos éstas formando una emocionante e interesante historia, será para nuestro cerebro como asistir a un banquete.

El Prof. Dr. Manfred Spitzer especializado en investigaciones sobre el cerebro dijo una vez: “Aprender sin emociones es inimaginable.” A parte del componente emocional, juega también un papel importante el componente del contenido. El contenido tiene que ser sencillo, dentro de lo posible, y claro, para que nuestro cerebro pueda asimilarlo con rapidez. También en este caso los relatos son un magnífico instrumento.

Para comprender mejor lo que se quiere decir con esto, pasemos al siguiente ejemplo: Si pretendemos explicar las causas de la crisis económica y financiera, nos podrá parecer a primera vista que se trata de un tema muy complicado y, cierto es, que muchos expertos economistas se pasan horas dando discursos, sin que la mayoría de sus oyentes se estén enterando de verdad de lo que quieren comunicar.

Una manera diferente de contar el origen de la crisis económica y financiera sería con ayuda de la siguiente historia: Juan quiere montarse un rancho y para empezar necesita comprar un caballo. Así que se va a un granjero y le compra un caballo por 100 dólares.

Le paga la cantidad de dinero inmediatamente y espera a que le manden el caballo al día siguiente, según lo acordado. Para sorpresa de Juan, al día siguiente no le llevan al caballo, sino que le llaman para comunicarle que el caballo había muerto.

– No te preocupes, – dijo Juan.- Devuélveme los 100 dólares y asunto cerrado.

El granjero, por su parte, le contestó que se había gastado todo el dinero en pienso para el caballo y que no podía devolverle nada. Así que Juan le pidió al granjero que le mandara al caballo muerto.

El granjero le preguntó sorprendido: – Y ¿qué vas a hacer con un caballo muerto? no tiene ningún valor.

Juan alegó: – Haré un sorteo con él, al fin y al cabo no hace falta que le diga a nadie si el caballo está vivo o muerto.

Un par de meses más tarde se encuentran Juan y el granjero en la calle y el granjero ve que Juan va vestido con un traje muy caro y buenos zapatos.

– ¿Qué tal te fue con el sorteo del caballo?- preguntó el granjero curioso.

Muy sonriente le contestó Juan: – ¡Pues, muy bien! Vendí 500 papeletas a 2 dólares cada una.

El granjero quedó atónito: – Y ¿no hubo nadie que reclamara?

Juan sonrió de nuevo: – Sí, claro, el ganador se quejó, y a él simplemente le devolví los dos dólares.

Esta historia contada en un lenguaje de imágenes describe en pocas palabras las causas de la crisis económica y financiera. La historia pone de manifiesto, cómo un gigantesco comercio con papeles sin valor ha provocado que unos pocos se llenen los bolsillos mientras otros quedan de estafadores.

Además, la historia nos hace pensar sobre nuestros propios negocios – no con frases imparciales o aleccionadoras, si no sutilmente, a modo de relato.

Así es esta historia un clásico ejemplo para explicar lo que más le gusta a nuestro cerebro: algo interesante, ilustrado, sencillo y emocional.

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